Ejercicio de honestidad

Según dijo Abraham Linconl, o esa frase se le atribuye, “podrás engañar a todos algún tiempo, podrás engañar a algunos todo el tiempo, pero nunca podrás engañar a todos todo el tiempo”. No podemos vivir de manera distinta a lo que pensamos porque eso conduce de forma directa a la esquizofrenia moral. Uno espera que una serpiente se comporte como un reptil venenoso y no confiaríamos en ella aunque se acercara con los modales de un patito indefenso;pero si un patito indefenso dejara asomar un aguijón y nos lo clavara, posiblemente no muriéramos por el veneno sino por el dolor de que no puedes confiar en nada.

Los seres humanos no hemos aprendido nada sobre la dualidad bien/mal en nuestra propia especie y ello nos ha llevado a confundir patitos y serpientes; eso es muy peligroso. Y cuando digo bien/mal, no me refiero a los conceptos filosóficos de estas palabras escritos en Mayúscula-Negrita, sino al ejercicio sencillo de la honestidad, con nosotros mismos y con los demás. Lo más complicado, como todas las cosas, es comenzar, porque primero hay que aprender a no poner excusas que disculpen lo que hacemos y que nos cubran las espaldas respecto de los errores cometidos; conseguido esto, aplicar la decencia en nuestra relación con los coterráneos, es una tarea algo más sencilla. Veamos un ejemplo: si considero que no es honesto engañarme a mi misma con la idea de que no hago más ejercicio porque no tengo tiempo cuando en realidad no lo hago por pura vagancia, será muy sencillo considerar que no es honesto recibir un regalo para que apruebe a uno de mis alumnos… Empezamos en lo interno y seguimos por lo externo. Luego la cosa se complica, nadie ha dicho que fuera fácil; de las cosas materiales hay que pasar a las cosas inmateriales: que nuestro trabajo sea el resultado del esfuerzo y preparación para él y no del empujoncito de otro a cambio de un peaje moral; que si recibimos un halago o una felicitación, sea porque nos la merecemos y no porque la otra persona crea que eso le otorga derechos sobre nuestra alma; que si concedemos algo, sea porque es lo justo y no nos encadena a la indignidad. Bailar con el diablo es siempre peligroso y cuando creemos que el ritmo lo ponemos nosotros ya hemos perdido el paso.

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