Carta a mis alumnas

Siempre he pensado al ver en los libros de texto, cuando se representa en imágenes a los seres humanos del Paleolítico pintando en las cuevas, porque invariablemente aparece la figura de un hombre; ¿cómo sabemos que las mujeres de la tribu no realizaban esa labor? No hay nada que nos indique que la mano que trazó los bisontes de Altamira, por ejemplo, fue femenina o masculina.

¿Sabéis quién fue Hatshepsut? Pues nada más y nada menos que una reina-faraón de la XVIII dinastía que reinó entre 1479 y 1457 a. C., sobre el Alto y el Bajo Egipto. Hija de Tutmosis I, la muerte de sus hermanos varones la llevó al trono pero fue obligada a casarse para continuar la dinastía, y vio como se la apartaba del gobierno en beneficio de su marido; apoyada por algunos cortesanos fieles recuperó el poder, y protagonizó uno de los reinados más prósperos y pacíficos de toda la historia egipcia, construyendo grandes obras y enviando una expedición por tierra y mar a Punt (una región de la actual Somalia) para comerciar y traer a Egipto, oro, marfil y maderas preciosas, realizando además un minucioso estudio de la fauna y la flora, así como de la organización política y social del lugar. Tras la muerte de Hatshepsut sus obras se conservaron, pero su nombre fue borrado de los lugares donde se la identificaba como Faraón.

En el mundo clásico, la visión que nos ha llegado de la mujer (salvo excepciones) ha sido transmitida por el hombre, y es por lo tanto sesgada, cercana a sus intereses; fueron mujeres libres o esclavas y las libres nunca ciudadanas; quien se atrevió a destacar como Hipatia de Alejandría, matemática, astrónoma y filósofa, tuvo un final terrible, asesinada por personas llenas de intolerancia y fanatismo.

En los siglos siguientes, fueron muchísimas las mujeres que afrontaron tareas, supuestamente masculinas, mientras los hombres guerreaban; con vigor, gobernaron desde sus castillos las nobles, y empuñaron sus herramientas las artesanas y su arado las campesinas; pero sólo fue una apariencia de libertad.

A las mujeres, desde hace miles de años, nos han empujado fuera del teatro de la historia, a la oscuridad, entre bastidores y cuando hemos querido salir al escenario, hablar por nosotras mismas, nos hemos visto envueltas en muchos problemas.

La Revolución Francesa que iniciará las luchas por la libertad, dejará de lado a la mujer. Olimpia de Gouges fue la protagonista de la contestación femenina. En 1791 publicó la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, en igualdad de condiciones que la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano aprobada por la Asamblea Nacional en 1789. Olimpia, denunciaba que la revolución hubiera olvidado a las mujeres en su proyecto igualitario y liberador.
El programa de Olimpia de Gouges era claro: libertad, igualdad y derechos políticos, especialmente el derecho de voto, contra el que no estaban de acuerdo los varones que dirigían la revolución. El encarcelamiento y ejecución de Olimpia, durante el periodo del Terror propiciado por Robespierre, condenó también a todas las mujeres, otra vez a la oscuridad.

Ya desde finales del siglo XVIII y durante el XIX, las mujeres volverían a la lucha por sus derechos. Mary Wolstonecraft, sería una de las pioneras. Nació en 1759 en Inglaterra, en una familia sometida al maltrato paterno y donde ella fue a la escuela el tiempo justo para aprender a leer y escribir. La independencia económica, tanto por necesidad como por convicción, se convirtió en el objetivo principal de su vida: desempeñó la mayoría de las ocupaciones disponibles para una chica soltera, al tiempo que se instruía de forma autodidacta y se despertaba en ella la conciencia crítica sobre la situación social, económica y cultural de la mujer; más tarde, mientras se ganaba la vida como traductora y escritora profesional, publicó en 1791, Vindicación de los derechos de la mujer, que se considera un clásico del feminismo. Mary Wolstonecraft fue sin duda, una persona excepcional que siempre creyó que la mujer era igual que el hombre y luchó por ello, enfrentándose a los prejuicios y contradicciones de la época, incluso a sus propios temores, cuando comprobó que la igualdad y la libertad, de las que tanto se hablaba, no eran plasmadas en los cambios sociopolíticos; en palabras de ella misma, “no deseo que las mujeres tengan poder sobre los hombres, sino sobre ellas mismas”.

Siguiendo la estela de Mary Wolstonecraf, un gran número de mujeres inglesas y norteamericanas primero y luego, muchas otras de otros países de Europa, que iban a ser conocidas como sufragistas, comenzaron a salir a la luz pública, buscando su lugar y sus derechos, especialmente el derecho al voto y la participación en la política: sin miedo a ser difamadas, ridiculizadas, detenidas…, ellas fueron las que utilizaron como herramientas de su lucha, las marchas de protesta, la resistencia pacífica y la huelga de hambre… La I Guerra Mundial, con los hombres en el frente, les permitió estar en las fábricas, conducir camiones, taxis, ambulancias..; sin embargo, tras la paz hubo un retroceso en la lucha de los derechos que estaban consiguiendo.

En España, en la década de los 30 del siglo XX, la abogada Clara Campoamor tuvo el coraje no sólo de enfrentarse a sus contrincantes políticos -lo que era relativamente fácil- sino a compañeros y compañeras que pensaban que su lucha por el voto para la mujer, era temprana, políticamente incorrecta que diríamos ahora; como si el derecho a pensar y opinar -aún a riesgo de equivocarse- fuera distinto por ser hombre o mujer. Ella que tanto había trabajado para formarse y alcanzar sus sueños, vio como su lucha por la igualdad de sus congéneres, la demonizó incluso entre sectores que se decían progresistas; la guerra civil española que la condenó al exilio, la sumió en la oscuridad para muchos y muchas de sus compatriotas. Tras la llegada de la democracia, su obra y su figura se han comenzado a recuperar para las nuevas generaciones porque su ideario sigue vivo y actual.

Hoy, las cosas han cambiado algo, pero ¿por que no se celebra el día del Hombre? Porque ellos tienen un status claro y definido, y nosotras tenemos que seguir batallando cada día para conseguirlo; porque a ellos se les suponen sólo por el hecho de ser hombres, rasgos y cualidades que se nos niegan a nosotras. Todavía, y es sólo un ejemplo, la expresión “mujer pública” tiene connotaciones opuestas a “hombre público”; todavía se tiene por costumbre cuando se crítica a una mujer -política, laboral o personalmente- poner un “la” delante de su apellido, cosa que nunca sucede, aunque la crítica sea feroz, en el caso de los hombres; todavía se nos juzga por la ropa que llevamos y no por nuestras ideas y actitudes. Pueden parecer anécdotas, pero si precisamente a estos niveles se producen desigualdades, ¿qué decir de las que están presentes en nuestro día a día? Todavía hay empresas de sectores considerados “masculinos” que cierran su paso a la mujer, aunque esté cualificada por títulos y preparación; todavía es muy difícil si estás casada, tienes hijos y trabajas, conciliar la vida profesional y laboral… Como tantas veces, el hecho y el derecho no van acompasados. Y eso en los países desarrollados porque en los países pobres, serloy ser mujer es una cadena terrible y pesada.

En este Día, las mujeres debemos reivindicar nuestro papel como seres humanos; las mujeres debemos exigir que capacidades, aciertos y errores se nos contabilicen en el mismo plano que a los hombres; debemos reclamar nuestro derecho a ocupar los libros de texto, rompiendo el anonimato al que nos condenó la historia patriarcal; debemos ayudar a salir de la oscuridad de la desigualdad (económica, cultural, social) a aquellas menos afortunadas que nosotras; debemos ocupar a plena luz, nuestro lugar como ciudadanas. Yo, como Clara Campoamor,“confío en que nuestro ideal, se llene de nuevas semillas”.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *