CARLOS II, EL PREDESTINADO

El pobre Carlos merece ser considerado como un hombre,

como una de esas víctimas de la herencia y del ambiente,

cuya propia debilidad afecta al curso de la historia

tan poderosamente como la fuerza de un Napoleón.

John Nada

Es Dios quien da y arrebata los imperios; yo no soy nada.

Carlos II

Introducción

Pocos infortunios se equiparan al de Carlos II. Desde la cuna hasta el sepulcro le fue adversa la suerte: subsistió cuarenta años con una viabilidad increíble durante los cinco primeros y una senectud precoz durante los cinco últimos. Tuvo que reinar en tiempos difíciles, de honda crisis ideológica y hasta ética, tanto española como europea. Malvivió bajo la regencia primero, de una madre abnegada en lo doméstico pero desmañada en lo público; mal rodeado y peor secundado después por cortesanos vanidosos e inútiles, ministros y consejeros ambiciosos e ineptos y dos esposas que en otras circunstancias no diré que hubieran sido mujeres admirables, pero sí prácticas y fructíferas, pero que junto a Carlos resultaron la peor de las compañías. Y por último, como culmen de todo, su figura encarna hoy al genuino representante de la estupidez, inutilidad, ignorancia y oscurantismo [1].

Todo ello es cierto. El viejo sueño del Imperio español, estaba experimentando el primer síntoma de una larga enfermedad que auguraba su muerte; España vivía una de las más sombrías crisis de su historia tanto política, como económica y social y como ocurre siempre que estas cosas tienen lugar, había que buscar una figura donde la opacidad de un imperio en decadencia penetrase como una luz negra; un testaferro que prestara su nombre a los intereses de la Casa reinante y pusiera rostro a las intrigas públicas y privadas de una Corte vanidosa, ignorante y obsoleta; un hombre de paja sobre el que recayesen las culpas cuando se abriera la caja de los truenos…. Y le tocó a Carlos II.

Carlos II fue, de todos los monarcas sobre cuyas cabezas se acomodó la corona de España, el más inocente o por mejor decir el menos culpable, de los errores, injusticias y desastres que se cometieron en su reinado. Porque Carlos fue el último eslabón de una cadena consanguínea que él no había enlazado, el último representante de una serie de errores de todos los niveles que él no había iniciado, el último heredero de una dinastía comenzada a escribir con faltas, siglo y medio antes por otro Carlos. En muchas ocasiones se han puesto como ejemplos contrapuestos, como la cara y la cruz de una monarquía a Carlos I y Carlos II; pero las cosas no son tan simples: Carlos I fue el emperador del Renacimiento; tuvo una esposa admirable y unos consejeros atentos y hasta su hijo bastardo –aún con morir joven- le trajo gloria; tuvo un heredero fuerte al que legar sus estados y otros familiares a los que repartir en adecuados matrimonios por el Continente… Carlos II fue el rey de un Imperio que se desmembraba; sus mujeres apenas estuvieron atentas a otra cosa que no fueran los intereses de sus propias Casas; sus consejeros se comportaron como auténticos dementes en la mayor parte de las ocasiones; no tuvo hijos y ello le trajo más problemas que si los hubiera tenido y sus hermanos –vivos, muertos o bastardos- no le sirvieron de gran cosa en su fugacidad o le añadieron nuevos problemas… Carlos I fue Carlos de Europa pero Carlos II fue tan sólo un hombre enfermo, obsesionado por hacer las cosas bien en medio de la mayor pandilla de inútiles que darse puedan, utilizado por otras personas para sus propios intereses y motejado de imbécil cuando estaba rodeado de ellos. Carlos II fue el sustentador de un destino ineludible, un rey de figura borrosa, solitaria, desmañada, al que tocó echar el cierre sobre una dinastía caduca; pero fue también el que con su circunstancia vital influyó más en la Europa de su tiempo que de haber sido un monarca enérgico, pletórico de salud. Carlos II recibió como nombre el Hechizado por famosos sucesos con olor a azufre que rodearon parte de su vida y que parecían explicar todos sus males y todos los males de España; en realidad no fue más que el Predestinado, presa fácil de enfermedades, intrigas palaciegas y luchas por la sucesión; igual que en las pinturas de Carreño Miranda, la figura de Carlos, solitaria, pálidamente iluminada, destaca, mientras en torno suyo, en la oscuridad, se agazapan todos los demonios, esos que no huelen a azufre pero que son mucho más temibles.

La herencia físico-mental de Carlos II

Federico III (1415-1493) Emperador del Sacro Imperio, se asignó a modo de divisa, un enigmático anagrama, AEIOU, cuyo verdadero significado se negaba a explicar pero que algunos interpretaban con una orgullosa expresión latina, Austriae Est Imperare Orbi Universo. O si se prefiere en alemán, Alles Ordreich Is Osterreich Unterthem. Ambas frases significaban lo mismo: es el destino de la Casa de Austria gobernar todo el mundo [2]. Esto, que parece poco más que un prepotente lema, se convirtió con el paso del tiempo en toda una política a seguir con una sola clave; el matrimonio. Ocurre sin embargo que tal clave comportaría un desastre biológico: los Hansburgo, como otras grandes familias de la época, pensaban que una larga cadena de uniones consanguíneas reforzaría los lazos de parentesco y el poder de una dinastía; además creían firmemente en el valor de la procreación. Y si lo último no tiene por que ser necesariamente erróneo, lo primero fue el grano de arena en una máquina en apariencia perfecta; una larga lista de parientes, más o menos cercanos, fueron obligados a unirse por razones de Estado y tocados en sus genes por distintas taras, iban a ir destilando un perfecto veneno en sus descendientes. Por si esto fuera poco, la rama Hansburgo iba a unirse a otra de afamados consanguíneos –los Trastámara-[3] atacados asimismo por genes malditos; sólo los hijos bastardos tenían la posibilidad de un desarrollo normal y de una salud razonable dentro de lo que la época permitía[4]. Carlos II fue pues, el resultado de un error –yo diría un horror- biológico, que encaja perfectamente en el sobrenombre que debió aplicársele; el Predestinado.

El 6 de Noviembre de 1661, Mariana de Austria, segunda esposa de Felipe IV[5], alumbraba a un niño en quien se habían puesto todas las esperanzas de la Corona española. En primer lugar porque era el único varón de Sus Majestades y en segundo lugar, según decían las malas lenguas, porque había sido engendrado a raíz de la última cópula de su padre que según opinaban en la Corte, andaba ya muy menguado de fuerzas [6]. Todos los auxilios espirituales y materiales se habían dispuesto para tan magno acontecimiento: tres espinas de la corona de Cristo, un clavo y un fragmento de la Cruz, un trozo de manto de Nuestra Señora, el bastón de Sto. Domingo de Silos y el cinturón de S. Juan de Ortega…; es decir, la parafernalia habitual de la época en los nacimientos reales. Para que todo no quedara fiado al Cielo, un equipo de médicos y la comadrona real, atendían a la ilustre parturienta; uno de los médicos, el Doctor Bravo, andaba preocupado por el retraso de dos días en el parto, pero al fin y al cabo, se decía el buen señor, era notoria la tendencia de los héroes y otros personajes eminentes a exceder los límites juzgados como suficientes… Al menos el título de la tesis que escribió por entonces, fue más acertado que sus opiniones: De impotentia viri ex maleficio (Sobre la impotencia masculina debida al maleficio) En el fondo, los españoles andaban escépticos vistos los resultados anteriores (con herederos muertos al nacer o en un breve tiempo) de la viabilidad del recién nacido, pero aún así se acogió al heredero con júbilo; la Gaceta o periódico de la Corte, le describía como de facciones hermosas, cabeza grande, piel oscura y algo gordito.

En un clima de esperanza y júbilo contenidos, los astrólogos que eran muy consultados en Palacio, no se anduvieron con chiquitas y teniendo en cuenta que los astros presentaban una favorable conjunción y con el número 6 como bandera –el día del nacimiento del Príncipe, el nº de hijo que hacía- se lanzaron a las más fabulosas consideraciones: Carlos había nacido cuando el primer minuto de Acuario ascendía al horizonte, con Saturno en el ángulo de la décima Casa Real, libre de aspectos malignos, bajo el signo de Escorpión y en conjunción con Saturno, todos signos fastos; había nacido en la misma fecha que Trajano y toda una larga serie de bienes relacionados con el 6, le favorecían, incluido que él era la 6ª generación de la Casa de Austria… Ahí estaba lo malo, era la 6ª generación de una estirpe emponzoñada. Cuando los astrólogos hablaban de Carlos como de un futuro príncipe de heroico valor, venido al mundo para disfrutar de un próspero reinado, no veían la charada trágica que nosotros podemos analizar más de tres siglos después, no sabían que se hallaban ante un ser humano envenenado doscientos años antes de nacer. Se suele decir que los pecados de los padres recaen sobre los hijos hasta la tercera generación; a veces el error, el fanatismo y la ignorancia recaen sobre los hijos mucho más allá, incluso hasta la sexta generación.

Carlos II era el sexto hijo de Felipe IV y de Mariana de Austria y el único, junto con Margarita, que pasó de la infancia, ya que los otros murieron apenas nacer y Felipe Próspero que vivió hasta los tres años, estuvo siempre enfermo[7]; Carlos, que sobrevivió a su padre, fue el resumen y el punto final de todas las desdichas de su estirpe, ¡y que estirpe!. Tanto por la rama paterna como por la materna, el resultado es desalentador. Jerónimo de Moragas que estudió a los Trastámara, señala la abundancia de rasgos psicopatológicos en los que mucho tenía que ver la mezcla insana fruto de matrimonios consanguíneos; en la Casa Habsburgo, los promedios eran similares. Por ambas ramas, los ascendientes de Carlos eran de lo menos tranquilizadores sin remontarse excesivamente: por la parte paterna había que contar, claro, con la esquizofrenia de la infanta Juana que se transmitiría al infante Carlos, hijo de Felipe II; la epilepsia –aunque leve- de Carlos I y las crisis melancólicas en los últimos años de su vida, que también heredarían su hijo Felipe II, su nieto Felipe III y su bisnieto Felipe IV, ya con visos de depresión habitual. Por la parte materna –y no hay que olvidar que hay enlaces con la paterna- también eran numerosos los rasgos psíquicamente débiles con tendencia a episodios de melancolías y depresión. Pero el auténtico problema fue la consanguinidad[8].

La consanguinidad entre los ascendientes de Carlos II, con uniones de doble vínculo a partir de su tatarabuelo Carlos I hacen que tanto el tronco paterno como el materno, estén saturados de la estirpe Habsburgo; en línea paterna aparecen además Castilla/ Portugal y en línea materna las Casas de Baviera y Lorena. Hay que tener en cuenta que los antepasados de una persona en 3ª, 4ª y 5ª generación , comprenden ocho, dieciséis y treinta y dos parentescos respectivamente; así pues, los padres de Carlos contaban cada uno, como todo el mundo, con cincuenta y seis parentescos en sus árboles genealógicos y ciento doce entre los dos. Lo malo era la proporción: esos parentescos eran compartidos sólo por 38 individuos y de los cincuenta y seis antepasados de la madre de Carlos, cuarenta y ocho lo eran también del padre. Así, de esos ocho apellidos que todo el que busca su ascendencia intenta localizar, en el caso de Carlos, los cinco primeros son Habsburgo, el sexto y séptimo Baviera y el octavo, Habsburgo, lo que nos indica la poco renovación en la sangre. En este diabólico árbol de familia, a Carlos le tocará pagar los platos rotos.

Cuando Carlos II llega al mundo, Mariana tiene veintisiete años y Felipe cincuenta y seis, edades aceptables para ser padres, sobre todo en ella, si no fuera porque hay detrás una herencia nefasta, porque ha sido engendrado in extremis y porque Mariana, entre otras cosas, está muy agotada de sus anteriores partos. A pesar de los buenos augurios de la Gaceta y de los astrólogos, el niño sobrevivió con dificultades a sus primeras semanas de vida y permaneció oculto dentro del círculo familiar y médico, lo que dio lugar a todo tipo de rumores, desde que era una niña –por lo que no podía acceder al trono- hasta que había muerto y se buscaba un suplantador. La Corte francesa que desde tiempo atrás había puesto sus ojos en la Corona española[9], estaba particularmente interesada y la negativa para que el embajador francés conociera al recién nacido, puso las cosas al borde del incidente diplomático; Felipe IV comprendió que tal estado de cosas no debía proseguir y presentó a Carlos en la Corte. El retrato que hizo el embajador francés del heredero, aún suponiendo que cargara un poco las tintas, es desolador y por completo alejado de las descripciones oficiales[10], desde luego realista si vemos la posterior evolución de Carlos.

La crianza y primera infancia vinieron caracterizadas por continuos sobresaltos. Una larga lactancia de cuatro años[11] en la que le amamantaron hasta catorce nodrizas, le hizo crecer como un niño débil que no se sostenía sobre sus piernas y que por falta de calor natural tenía que estar envuelto siempre en pieles; los problemas intestinales, los catarros y fiebres y las enfermedades propias de la infancia, le pusieron al borde de la muerte en más de una ocasión. Un estudio médico[12], habla de gran debilidad física, minusvalía funcional, estado tímido linfático larvado y raquitismo larvado. A la edad de nueve años -criado entre su madre, bufones y servidores y no con otros niños y en el ambiente normal de una Corte de la época- apenas caminaba, hablaba poco y por supuesto no sabía leer ni escribir. Ramos del Manzano, jurisconsulto y ex catedrático de Salamanca, comenzó a preparar para Carlos, un ambicioso programa de estudios que comprendía lo que se llamaba educación de infante: primeras letras, Doctrina Cristiana, Latín, Francés, Italiano, Geografía, Astronomía, Historia sagrada y profana, Equitación, Danza, Esgrima, Pelota… De todo ello fue muy poco lo que asimiló Carlos, entrado ya en la adolescencia; sólo el Padre Álvarez de Montenegro, su director espiritual desde los siete años años, consiguió hacer de él un hombre profundamente religioso, aunque a la larga y debido a las circunstancias de su reinado, aquella piedad acabó derivando en superstición.

Carlos –según prescribía el testamento de Felipe IV- debía subir al trono al cumplir los catorce años. Hasta el último momento su madre trató de prolongar la Regencia que estaba en sus manos y en las de la Junta de Gobierno, pero no lo consiguió. Carlos era entonces, un chico desgarbado, de cabeza grande, frente amplia, cara larga y estrecha, mentón agudo[13], cejas pobladas y de surco amplio, ojos pequeños y azules de mirada desvaída, nariz larga y aguileña, labios estrechos, tronco encorvado, pecho raquítico y piernas cortas con pies grandes; el resultado puede verse en las pinturas de Carreño Miranda, que aunque Pintor de Cámara, no fue demasiado complaciente con la Dinastía. Unos años después, Nicolini, Nuncio en España de Su Santidad, describía al rey en estos términos: el rey es más bien bajo que alto, flaco, no muy mal formado; es feo en su conjunto el rostro; tiene el cuello largo, la cara y la barbilla largas, con el labio inferior típico de los Austrias, ojos no muy grandes de color turquesa y el cutis fino y delicado. Mira con expresión melancólica y un poco asombrada. El cabello es largo y rubio y lo lleva peinado hacia atrás de modo que las orejas quedan al descubierto. Si no anda, no puede tenerse en pie como no sea apoyándose contra una pared, una mesa o en alguna persona. Es tan débil de cuerpo como de espíritu. De vez en cuando no deja de dar muestras de inteligencia, memoria y cierta agudeza, pero lo corriente no es eso: ordinariamente se muestra abúlico, apático e insensible, torpe e indolente y parece que está atontado. Puede hacerse de él lo que se quiera porque carece de voluntad propia. Nada teme más que la posibilidad de hacer la guerra y si se habla de ello llora como un niño. Tenía entonces dieciocho años y estaba a punto de casarse[14]. No es extraño pues que los asuntos de gobierno estuviesen lejos de las manos del rey [15], incluso cuando parecía que tomaba sus propias decisiones nombrando Primer Ministro a su hermano bastardo y aceptando que éste, desterrase a Mariana a Toledo[16].

Las cosas no mejoraron con el paso del tiempo. A los treinta y cinco años –quizás antes- comenzaron a cercarle sucesivos ataques de fiebres, que fueron agotando sus fuerzas y que con el añadido de los males congénitos, le sumieron en un estado de vejez prematura y de melancolía permanente[17]. Los últimos años estuvieron marcados por una absoluta ruina física: las graves afecciones que padecía se vieron aumentadas por una gran hinchazón de los miembros, tanto superiores como inferiores y de la cara y la lengua, impidiéndole esto último en muchas ocasiones poder hablar; esta hinchazón de la lengua, que además venía acompañada de previos desmayos y congojas, cada vez más frecuentes y duraderos –hasta dos horas- con espasmos de cabeza, ojos, boca y piernas…, no era sino la consecuencia de los ataques de epilepsia que Carlos sufría, porque en aquellos desmayos el Rey, como todo epiléptico, se mordía la lengua. A todo ello hay que sumarle una mente cada vez más oscurecida –en lo que tenía mucho que ver la debilidad orgánica general- y la presencia de dos problemas que le atormentaban: la sucesión de la Corona y la firme creencia de que estaba hechizado, a lo que contribuyeron no poco una serie de personas a las que ni siquiera puede disculpar la ignorancia y la credulidad de la época.

De todas formas el fin estaba cerca y a él contribuyeron no poco los médicos que rodeaban al rey, a excepción del Doctor Geleen, de notables conocimientos para la época y de no menos sentido común[18]. En 1700, escribía al embajador Harrach: …me pareció que Su Majestad tenía la cara hinchada, pero no se si esta gordura es natural o no. Me desagradó el olor de la boca. También le dan ataques con vómitos y debilidad de las piernas, a las que sigue un ligero desmayo; los labios quedan descoloridos como los de un cadáver y empiezan a salirle manchas verdes y azules, luego comienza a sufrir violentas convulsiones, pero no llega a echar espuma por la boca. A consecuencia de las frecuentes caídas, la frente se le puebla de feos chichones… El 1 de Noviembre de 1700, le llegaría la muerte a Carlos, acompañada de delirios; la autopsia habla por sí sola: …el corazón no era mayor que un huevo de paloma, los pulmones y el hígado se hallaban poco desarrollados y el último contenía una piedra de color café, tan grande como una judía. La única víscera que se hallaba sana era el bazo. La cabeza estaba llena de agua. De los dos testículos sólo apareció uno y era negro como el carbón. En el cuerpo no se halló más que una onza de sangre y en cuanto a la apariencia del cadáver, era lo mismo que si llevase un año entero en la tumba [19] .

La muerte de Carlos II cerró lo que fue una tragedia personal pero también una tragedia dinástica, fruto de una larga cadena de errores biológicos sin solución posible, ni humana, ni divina, ni diabólica. Muchos buscaron en brujas y demonios, el origen del maleficio, pero el veneno estaba escrito en la cadena de la sangre, en los tronos de Europa.

Carlos II, el Hechizado

Entrados ya en el siglo XXI, hijos de los avances tecnológicos y médicos, enganchados a los multimedia, la España que le tocó vivir a Carlos II, nos parece –aún con las luces del arte- oscura, ignorante y bárbara; pero en el fondo no nos diferenciamos mucho de aquella nación atrasada, política, económica y socialmente, que creía con firmeza en hechizos, posesiones y magias de todo tipo. Seguimos padeciendo los mismos miedos innatos a la especie, como la oscuridad o el fuego; seguimos cayendo en el histerismo hacia el SIDA y las infecciones alimenticias, con el mismo entusiasmo que nuestros antepasados hacia la lepra o el cólera; seguimos siendo incapaces de terminar con la pobreza o el hambre; seguimos mirando con desconfianza al extraño, al extranjero; hablamos con total naturalidad de horóscopos y fenómenos paranormales y, continuamos negándonos a pasar bajo una escalera o concedemos al número 13 poderes especiales. Muchos eran, pero no menos que los nuestros, los miedos y supersticiones de la España del siglo XVII.

En general en toda Europa se mantenían con un carácter popular e imperecedero, costumbres vinculados con las fechas fastas y nefastas; los ciclos agrícolas y los quehaceres cotidianos, estaban relacionados con una serie de prácticas en apariencia cristiana que tenían sin embargo un fuerte sustrato pagano; la creencia en brujas y poderes demoníacos, era absoluta. Gabriel Maura y Gamazo, (o.c.) señala por el contrario que en España, la superstición popular se entretejió rara vez con la vida del agro o de la casa, porque no tuvo caracteres de tradición colectiva sino de sicología individual [20]. Cabe decir sin embargo, que las bases de superstición en España, estaban entretejidas a partes iguales con paganismo precristiano, mitos y creencias judíos, árabes y cristianos y humanismo que actuaba a medias entre la actitud científica y la fabulación.

A lo largo del siglo XVI y parte del XVII, comenzaron a ser frecuentes y más o menos tolerados, gabinetes para la práctica de hechizos, adivinaciones y curaciones mágicas o milagrosas[21], que acabarían por evolucionar hacia una hechicería informe y hacia un curanderismo en el que apenas se disimulaba la estafa; aún así, florecieron cabalistas y astrónomos, visionarios, astrólogos y sanadores. Ser el séptimo hijo de un matrimonio sin hijas podía ser asumido como un don que permitía interpretar sueños, trazar horóscopos o curar enfermedades; el paso de un cometa daba lugar –también hoy ocurre- a las más increíbles deducciones sobre el futuro; e incluso, bajo la bendición o la permisión de la Iglesia, algunos milagros olían a fraude[22]. Por otra parte, la fe cristiana había ido sustituyendo el temor de Dios por el miedo al Demonio, un poder oscuro que se creía sin duda que estaba detrás de todo aquello que no podía ser explicado de forma natural. La deplorable historia que se forjó en torno de Carlos II, tuvo su inicio en debilidades físicas y psíquicas que le impedían tener un hijo y que no podían o no querían ser explicadas de forma racional por lo que se buscó una respuesta irracional; lo más paradójico de todo es que vistos los antecedentes de Carlos, de haber podido procrear un hijo, ello si que hubiera sido cosa de hechicería y magia.

Ni con Mª Luisa primero ni con Maria Ana después, consiguió el Rey un heredero que satisficiera las peticiones de sus súbditos, que contenían –como la copla dedicada a Mª Luisa- un punto de amenaza y descaro[23]. Por otra parte, desde 1679 a 1689, las esperanzas francesas sobre la corona española, estaban puestas en el nacimiento de un príncipe, mientras que los intereses alemanes esperaban en sentido contrario; desde 1690 a 1698, la esperanza es de alemanes mientras que los franceses reniegan del posible heredero que les arrebate sus derechos. A partir de 1692, la impaciencia de la Corte y del pueblo es desanimo en la Reina, irritación en el Rey y burla en los cortesanos[24]; en todo caso, muchos a pesar de la esperanza, se barruntaban el desenlace[25], que durante quince años ensangrentaría Europa y dejaría profundas heridas mal cicatrizadas; pero antes de eso se cimentaría uno de los episodios más vergonzosos de la historia de España.

Los padecimientos del pobre Carlos eran en gran medida conocidos por los médicos y considerados explicables, pero alguna sintomatología poco clara, el no servirle de nada los remedios, el que a los treinta años pareciera un hombre de sesenta, comenzaron a alimentar los rumores de que estaba bajo un maleficio que le afectaba gravemente y le impedía procrear hijos; nadie pensó en el desgaste tan brutal de un cuerpo cargado de males o en los estragos que confortantes, pócimas y otros remedios, en muchos casos incompatibles y en otros claramente nocivos, causaban en su organismo. Todas las clases sociales creían con firmeza en el poder de diablos y brujas para todo tipo de maldades pero especialmente para estorbar los nacimientos, causando la impotencia en los hombres y la esterilidad en las mujeres; pronto, los rumores pasaron de la Corte a las calles de Madrid y después al resto del país y a otras Cortes europeas: la capacidad de procrear del Rey no se ponía en duda y la Reina estaba adecuadamente formada para ser madre, así que sin duda la pareja estaba bajo un hechizo porque ¿cómo no atribuir a maleficio tan inexplicable fenómeno, siendo tantos y tan poderosos los extranjeros interesados en privar al Rey Católico de heredero directo? Por desgracia para España, el único maleficio que había era el de una sociedad entera afectada por una profunda ignorancia.

En 1696, Carlos –no sabemos si por voluntad propia o por la de sus consejeros- mandó llamar al Inquisidor General Valladares y juntos, consideraron la posibilidad de un hechizo, pero la cosa no fue a mayores. En Enero de 1698, el Rey llamó al nuevo Inquisidor, Juan Tomás de Rocaberti, que pasó el asunto al Consejo de la Inquisición, el cual, cuidando de no pillarse los dedos emitió una opinión que no era ni carne ni pescado: este Senado tan santo, tan prudente, tan político, considera que sería muy difícil adentrarse en tal laberinto, sin alguna pista, indicación o sospecha, aunque remota, acerca de alguna persona en particular sobre la que se pudiera trabajar. Pues actuando a ciegas ¿cómo se podía discutir y que se podía hacer, sin provocar un escándalo y sin perturbar a la Corte?. Ni Rocaberti ni Carlos quedaron satisfechos: el primero porque era un ingenuo de extraño fanatismo, aficionado a las explicaciones sobrenaturales; el segundo porque la ambigüedad del Consejo, no le había proporcionado ninguna esperanza y sí bastante desasosiego, al que contribuía en gran medida con su actitud, Rocaberti. Era tal el desánimo del monarca que su propio confesor, fray Tomas de Carbonell, se había aconsejado de Pascual de Aragón, Cardenal-Arzobispo de Toledo, acerca del tema de los hechizos y de actuar sin que Carlos lo supiera; el prelado había sido contundente aunque un poco providencialista: si el Rey esta maleficiado, el Confesor sabe mejor que yo, que no hay otro remedio que con los exorcismos descubrir el daño; y esto no se puede en alguna manera ejecutar sin que el que lo padece lo conozca. Si no está maleficiado sino que es de pocos años y escasa experiencia, es que Dios quiere castigar a España.

Lo cierto es que Carlos II, tenía buenas razones para sentirse preocupado. En el Complementum Artis Exorciscitae de Zacharías Vicocenes, una especie de best-seller de la época sobre el exorcismo, se podían leer los siguientes síntomas de estar hechizado: …no pueden retener lo que comen y sufren continuos vómitos. Otros tienen siempre indigestión y sienten un duro peso en el estómago [26]. Algunos notan frecuentemente como una bola que les sube desde el estómago a la garganta y que les parece van a devolver, pero que sin embargo desciende a su posición original. Otros notan como latidos en el cuello y dolor de riñones. Los hay que se desmayan con frecuencia a menudo en la misma hora del día; y otros que tienen dolor de cabeza continuo por lo que se les ve muy abatidos… En algunos las vísceras sufren tormentos y el estómago se inflama con intensidad y frecuencia. Muchas personas hechizadas se ven invadidas por una melancolía tal, que pierden las ganas de hablar o de sostener conversación con sus semejantes. Una señal muy notable de hechizo es cuando las medicinas administradas no calman lo suficiente los sufrimientos… Y la cosa se ponía peor con los síntomas de posesión maligna: …a menudo las personas posesas tienen la lengua hinchada y ennegrecida de un modo poco natural y su garganta se hincha o se constriñe. Lloran sin saber porqué. Se sienten oprimidos por un pesado estupor. De vez en cuando se quedan sin sentido. Tienen unos ojos terribles.Sufren continuos terrores que desaparecen rápidamente. Hacen rechinar los dientes, les sale espuma por la boca y muestran otras similitudes con los perros rabiosos… Debemos recordar que la práctica totalidad de esta sintomatología se corresponde con el historial clínico de Carlos: dificultades graves en la deglución y digestión de las comidas, problemas renales, debilidad extrema, problemas depresivos, epilepsia… Es lógico que Carlos se preocupara, aunque fuera por pensar que estaba hechizado y no porque supiera que había heredado todas las taras de su estirpe[27].

Para entonces –marzo de 1698-, estaba ocupando el cargo de Confesor del Rey, el Padre Froilán Díaz, hombre de confianza de Rocaberti y que pondría en marcha el famoso asunto de los hechizos. Andaba el Padre Díaz muy preocupado por el estado de cosas, cuando recibió noticias de un antiguo compañero de estudios, Fray Antonio Álvarez Argüelles, dominico, que era vicario del convento de la Encarnación en Cangas de Tineo (hoy Cangas del Narcea) en Asturias. En el convento de monjas dominicas habían aparecido tres casos de posesión y Fray Antonio estaba exorcizando a las supuestas endemoniadas, a través de las cuales el diablo le había revelado que estaba llamado a grandes cosas en la Corte. Era la ocasión que Rocaberti y el Padre Froilán, estaban esperando. A partir de ese momento, una copiosa correspondencia iba a cruzarse entre Madrid-Asturias y viceversa[28], con gran secretismo, ya que los tres hombres no querían que ello llegara a oídos del Obispo de Oviedo; en cuestiones de exorcismo, éstas debían ser autorizadas por el obispo del exorcista en funciones y en este caso, el permiso de Fray Antonio debía ser dado por Tomás Reluz, ex confesor del Rey y hombre de notable sentido común que no quería saber nada del asunto[29]. El tema a investigar estaba claro: ¿era Carlos impotente debido a causas naturales o a la brujería? Y si el segundo supuesto era el correcto, ¿quién o quienes habían causado el daño, cuándo, cómo y cuál era el remedio? Fray Antonio comenzó a actuar y a requerir información del demonio. El plan era peligroso: se iba contra los consejos del Obispo y se actuaba a sus espaldas contraviniendo las normas y además, se sabía que los exorcismos y los tratos con el diablo no debían tomarse a la ligera; el exorcista estaba sometido a graves peligros, aún con todas las precauciones que marcaba el Dogma para tales casos y podía caerse en toda clase de herejías, al pedir al demonio que revelará cosas aunque fuera para un buen fin.

De las primeras revelaciones de Satanás a través de las posesas se supo lo siguiente: el Rey se hallaba ligado por obra maléfica, que le imposibilitaba tanto para gobernar como para engendrar; se le había hechizado cuando tenía catorce años, con un chocolate en el que se disolvieron los sesos de un hombre muerto para quitarle la salud, corromperle el semen e impedirle la generación; los efectos del bebedizo se renovaban cada luna y eran mayores durante las nuevas; la inductora había sido doña Mariana de Austria, madre de la víctima, poseída de la ambición de seguir gobernando; Valenzuela había servido de correo; la mujer que había procurado el cadáver, era una tal Casilda Pérez, viuda, que vivía en la calle de los Herreros[30]. Salió después a relucir una segunda hechicera llamada Ana Díaz, de la calle Mayor, pero ni de esta ni de la anterior se encontró rastro alguno, salvo muñecos con agujas y lindezas semejantes, quizás puestas por los mismos que iban tras el hechizo para no regresar de vacío. El asunto tomaba visos curiosos: los datos del demonio eran claros, pero las personas acusadas –la Reina madre, el valido- estaban muertas o no daban –las brujas- señales de vida… Para entonces, 28 de Noviembre de 1698, Fray Antonio Álvarez Argüelles, escribe: …he hallado mucha y demasiada rebelión en los demonios y juró Lucifer que todo lo que había dicho era mentira y que no tenía nada el rey. Yo pasé adelante conjurando desde las cuatro a las seis, que era fuerza dejarlo; y entonces, después de tanta rebelión de los demonios, prorrumpieron en decir no me fatigase, que había decreto de la Madre (la Virgen) para que yo salga con gloria, que lo había de ser en tiempo señalado[31].

Mientras tanto, Rocaberti y Froilán Díaz, aconsejados de Álvarez Argüelles, se iban todos los días a palacio con las primeras luces y en cuanto el Rey despertaba, le hacían desayunar con un tazón de aceite bendito y luego tras desnudarle le ungían con más aceite también bendecido; de cuando en cuando le suministraban purgas en las que además de los laxantes de rigor, ponían incienso bendito, pedazos de pan consagrado, huesos de mártires pulverizados y tierra del Santo Sepulcro[32]. De forma paralela, la Reina, comenzó a someterse también a prácticas de exorcismo no tan secretas[33] y tales cosas sólo hicieron crecer en la Corte, el desconcierto y los rumores que ya cercaban a personas próximas a la soberana y propiciaban los mayores desatinos; baste un ejemplo: al parecer, los Reyes, llevaban colgadas al cuello unas bolsitas que nadie sabía quien se las había dado, aunque se sospechaba de la Condesa de Berlips y otras damas de la Cámara de María Ana, y muchos pensaban que el mal podía venir de ellas; abiertas las bolsas, se vio que contenían pelo de Sus Majestades, amasado con saliva y tierra y, otras porquerías semejantes, que por si acaso, fueron destruidas.

Así estaban las cosas cuando muere Rocaberti, dejando a Froilán Díaz y Álvarez Argüelles, perdidos en sus conjuros y purgas. Por otra parte, el Diablo estaba mostrando unas peculiares actitudes; en una de las sesiones llega a decir que Dios había permitido que el hechizo fuera realizado, porque Su Majestad toleraba que el Santísimo Sacramento, estuviese sin iluminar, sin cirio ni lámpara; que los religiosos de algunos conventos mueran de hambre; que los hospitales estén cerrados sin abrirse para los enfermos pobres; que las almas del purgatorio padezcan mucho porque no se ofrecen sufragios en su recuerdo… Desde luego, el Demonio de Cangas debía tener serios problemas de conciencia; además y dado que todos los implicados en el asunto eran dominicos, cabe pensar que algo de ambición por la Orden, les había tocado. Como dice Juan Cueto Alas, …aquél era un oportuno Satanás, caja de resonancia bastante más eficaz que la lenta y desacreditada burocracia ortodoxa. Si la figura del abogado del diablo estaba canónicamente aceptada, nada se oponía a que el diablo hiciera de abogado de los clérigos.

Pero la estrella de Froilán Díaz, tras la muerte de Rocaberti, comenzaba a decaer y era lógico pensar que iba a arrastrar al fraile de Cangas. Por entonces, llega a Madrid el embajador alemán ante la Corte, señalando que en su país, dos mujeres por las que hablaba el diablo, habían acusado a una tal Isabel de la calle de Silva, de ser la causante del mal del rey y que las pruebas de tal magia, se hallaban en el umbral de su casa; como ocurrió la vez anterior en que el Diablo se dedicó a hacer turismo por Madrid, son halladas las pruebas pero ni rastro de la bruja. El embajador austriaco también comunica las confidencias de un demonio que atormentaba a un joven en Viena, y para acabar de complicar las cosas llega a la Corte, Mauro Tenda, un fraile capuchino de Saboya y exorcista de mucha fama que también trataba a una endemoniada muy locuaz. El asunto desborda cualquier límite tolerable y alcanza niveles de escándalo: hay dos exorcistas y varios demonios. Losextranjeros se inclinan por acusar a brujas anónimas; los españoles se inclinan hacia personajes notoriamente conocidos en la Corte, del círculo de la Reina e incluso ella –por una crisis en la salud del Rey- no se libra de tales acusaciones[34]. El nuevo Inquisidor, Baltasar de Mendoza, pillado en pleno huracán, está desconcertado, pero ante el cariz que están tomando el asunto, en los primeros días de Enero de 1700, manda prender al Padre Froilán Díaz, a Fray Antonio Álvarez Argüelles, al Padre la Chiusa –confesor de la Reina- y a otros personajes de fuste; teniendo en cuenta que la Inquisición andaba de por medio, los implicados salieron bastante bien librados con una serie de abjuraciones y destierros, sobre todo el Padre Díaz, que dado la importancia de su cargo, se libraron de él nombrándole Obispo de Ávila y concediéndole una honrosa retirada.

Fue aquél un momento curioso de la historia de España. Mientras la Corte de Carlos II, se sumergía en magias y exorcismos con trasfondo político, la sucesión del trono absorbía la atención de toda Europa y los partidos austriaco y francés, permanecían a la expectativa. La muerte del Rey, el 1 de Noviembre, abrió las puertas de una nueva época.

Epilogo

He dicho anteriormente que Carlos II fue una figura donde la opacidad de un imperio en decadencia penetró como una luz negra; un testaferro que prestó su nombre a los intereses de la Casa reinante y puso rostro a las intrigas públicas y privadas de la Corte. En cierta forma, la figura de Carlos II, destaca de una forma extraña, al igual que en las pinturas de Carreño Miranda: una figura hierática, discretamente iluminada, mientras en la oscuridad se agazapan los demonios que cercaron su vida; demonios estúpidos, intrigantes, ambiciosos, familiares incluso, que rodearon al Rey, mientras éste asumía la pose para el cuadro. Veamos algunos de ellos, exceptuados los clérigos cuya participación en la existencia de Carlos, ha quedado referida con amplitud.

Mariana, su madre. Fue políticamente, una mujer sin experiencia que afrontó su papel de Regente con terquedad austriaca. Nada más quedarse viuda, se vistió con tocas monjiles y se rodeó de una severa Junta de Gobierno[35], de la que tuvo buen cuidado de apartar a Don Juan José de Austria, el único bastardo de Felipe IV, reconocido por éste. Mariana, pronto se vio asediada por la grave crisis del país y las críticas a la excesiva influencia primero, del Padre Nithard, y después de la de Fernando Valenzuela; estaba además la feroz oposición de Don Juan José, así que tuvo que poner su atención en las tareas de gobierno, aún a costa de su labor como madre: era una mujer orgullosa, terca y caprichosa y estaba dispuesta a sacrificar lo que fuera preciso por sus intereses y los de su Casa. Quizás el único ser al que verdaderamente amó, fue a Carlos, pero lo hizo con un amor absorbente y enfermizo que en nada beneficiaría a su hijo quien siempre la sentiría lejana, aislada en habitaciones oscuras por sus frecuentes jaquecas, envuelta en el severo protocolo de los Austrias, vestida con un triste hábito de monja, la Reina Madre dispuesta a ordenar al propio destino.

Mª Luisa de Orleáns, su primera mujer. Era la primogénita de Felipe de Orleáns, hermano de Luis XIV, el Rey Sol, que pretendía que su sobrina fuese la representante de los intereses franceses sobre la Corona española. Los retratos la pintan guapa para los cánones de la época y las crónicas la describen como una mujer vital, aficionada al baile, a la caza y a la equitación o sea, el extremo opuesto de su marido. En la austera Corte española, aquella princesa rodeada de servidores franceses, de perros y loros –le encantaban los animales- debió caer como una bomba; nunca estuvo interesada por la intrigas políticas y fuera de sus pataletas de aburrimiento, no fue una influencia negativa para Carlos que parece la amó todo lo que una persona como él, podía hacerlo, incluso por encima de la barahúnda de lacayos y animales que le cortaban el paso y le dificultaban la convivencia. Su muerte prematura, tras las complicaciones de una caída mientras montaba a caballo –se rumoreó que había sido envenenada, pero nunca pudo confirmarse- obligó a Carlos a contraer un nuevo matrimonio, sin ningún entusiasmo.

Mariana de Neoburgo, su segunda mujer. Era hija del Duque de Baviera-Neoburgo, Felipe Guillermo, y había sido elegida entre las candidatas, debido a la fama de prolífica que tenía su familia. Mariana no sólo se parecía a su suegra en el nombre, era también orgullosa y terca con un punto más de ambición, inteligencia y capacidad para la intriga. Alta, rubia y de buen porte, llegó acompañada de una camarilla (su confesor de la Chiusa, su secretario Wiser y su dama de cámara la Condesa de Berlepsch) y con la intención de enriquecerse y sacar el máximo beneficio posible de un matrimonio por razones de Estado que no la satisfacía en absoluto; sin embargo, las cosas no salieron como ella esperaba y las desavenencias con su suegra, su complejo de pariente pobre, las críticas que recibían sus favoritos, la constatación de que la Corte española estaba arruinada y el paso del tiempo sin un heredero endurecieron su carácter, muy dado a insultos y gritos que casi siempre recaían sobre el pobre Carlos[36]. Su participación en los asuntos de Estado en los últimos años, influyendo sobre la débil voluntad de su esposo, sólo fue el reflejo de su personalidad.

Don Juan José de Austria, su hermanastro. Había nacido en Madrid en1629, fruto de los amores de Felipe IV con María Calderón, actriz famosa en los corrales de comedias de la época, tanto por sus dotes artísticas como por su belleza y que terminaría sus días como abadesa de un convento de la Alcarria, donde había ingresado por voluntad de su amante. Cuando Carlos II llega al mundo, Don Juan José cuenta ya con treinta y dos años, ha sido reconocido por su padre y ocupa una posición adecuadamente discreta en la Corte, aunque no es descabellado pensar que la corta edad y las malas condiciones físicas del heredero, le hicieran pensar en sí mismo para ocupar el trono, camino que intentó acortar con un matrimonio claramente incestuoso, del que ya he hablado. Integrado en la carrera militar, ocupó el cargo de Virrey de Cataluña y tras la muerte de su padre, la Regente que no soportaba su presencia, aconsejada por Nithard lo aleja con un honor trucado, nombrándole gobernador de los Países Bajos; huye entonces a Cataluña y desde allí con un ejército marcha sobre Madrid para destituir al valido y confesor de la Reina[37]. Apoyado por las clases populares que veían en él a un nuevo Don Juan de Austria, hubiera podido entonces ocupar una posición preponderante, pero quizás creyó que no era el momento o no supo jugar sus bazas; en todo caso, dio tiempo a la Regente a recuperarse y fortalecerse y aceptó el cargo de Vicario General de Aragón, que le alejaba una vez más, de la Corte, mientras Fernando Valenzuela, un nuevo valido, ocupaba el poder. Volvería en dos ocasiones más: la primera en 1675, coincidiendo con la asunción de poderes reales por parte de Carlos, y con la idea de que éste, le nombrase Primer Ministro, pero todavía la fuerza de Mariana era mucha, y tuvo que retirarse de nuevo a Aragón. La segunda vez fue en 1677, desterrado Valenzuela y aislada la Reina Madre; entonces consiguió las riendas de la Monarquía –él era el verdadero Rey en la sombra- e intentó llevar a cabo una profunda reforma, pero falló porque los problemas eran gravísimos, porque los apoyos eran pocos, ya que la sociedad española ha tendido siempre a unirse contra alguien para desunirse después y porque al fin, Don Juan José de Austria, tras una larga espera por el poder, se encontró con que dicho poder era demasiado para sus capacidades. Su muerte en 1679, cerró una existencia que de haberse dado otras circunstancias quizás hubiera ocupado páginas brillantes en la historia; el momento que le tocó vivir no le dejó ser otra cosa que una estrella fugaz en una Monarquía que se agostaba.

Validos y ministros. Teniendo en cuenta las condiciones físicas y psíquicas del Rey, la vida de Carlos II, estuvo cercada de personas que no se comportaron como Consejeros del Monarca, sino que actuaron con la convicción de que el poder estaba en sus manos. Dejando aparte al hijo bastardo de Felipe IV, del que ya he hablado, surgen las figuras de Everardo Nithard, confesor y consejero de la Regente que confiaba en sus opiniones de manera absoluta y que fue expulsado de España en 1669, por la presión popular y las amenazas de Juan José de Austria. A él vino a sustituirlo, Fernando Valenzuela, caballerizo de la Corte, esposo de una de las damas de Mariana, arribista ansioso de honores y político que sólo servía para organizar fiestas que le ganasen el favor de la Corte, que siempre le consideró un advenedizo motejándole con el nombre del Duende de Palacio, ya que parecía estar en todas partes y escucharlo todo; la Regente le premiaría con el título de marqués de Villasierra y Grande de España, lo que desataría la indignación de la nobleza, cuyas presiones acabarían con el valido: acogido al asilo eclesiástico del Escorial, vio como tal asilo era violado por los más altos dignatarios y acabó sus días exiliado en las Filipinas.

Quizás las únicas excepciones a la regla, fueron Juan Francisco Tomás de la Cerda, duque de Medinaceli y Manuel Joaquín Álvarez de Toledo, conde de Oropesa, hombres pragmáticos, que intentaron dar un vuelco a la situación del país, modernizando las estructuras administrativas, aboliendo privilegios, regenerando una sociedad afectada por una profunda crisis. Ambos se encontraron con la oposición de quienes debían ayudar -Iglesia, Nobleza, Corte- preocupados tan sólo de mantener sus prerrogativas y sin ver que se dirigían a un precipicio: mientras los hombres jóvenes combatían en toda Europa, la nación se estaba muriendo de hambre; grandes superficies de tierra estaban sin cultivar y una racha de malas cosechas y de incesante mal tiempo, cercaba a hombres y animales; se extendían epidemias; los precios de los productos de primera necesidad, subían por movimientos especulativos en los que estaban implicadas altas instancias… Mientras tanto, la Corte se divertía y se gastaban enormes sumas, para las que se solicitaban préstamos, en fiestas sagradas y profanas[38]; en otros países se articulaba el gobierno en relación a las necesidades del Estado, pero en la Corte española se vivía pendiente de la etiqueta, de los fastos, de los derechos más que de los deberes; algunos se daban cuenta de que las cosas eran un desastre pero nadie poseía la fuerza suficiente para cambiarlo.

Y en el centro de todo, se hallaba Carlos. Lo más llamativo del asunto, es que el Rey cuyas condiciones físicas y psíquicas eran muy malas, se iba a convertir en la figura determinante para el juego de ajedrez que tenía como tablero a Europa: austriacos y franceses dieron siempre por supuesto que moriría pronto, pero para desmentirlos, Carlos vivió cerca de cuarenta y difíciles años; era patético ver como los austriacos hablaban de un firme progreso de su salud, mientras los franceses señalaban una creciente debilidad. En todo caso, el Rey intentó hasta el último momento en cumplir con su deber. En 1696 e influenciado por su madre que moriría poco después, Carlos nombró como heredero a Fernando José de Baviera[39], un niño de cuatro años cuyo fallecimiento en 1699, dejaría abierta la sucesión; se pensó entonces –a instancias del partido austriaco- en el Archiduque Carlos, un adolescente de catorce años, hijo de Leopoldo I de Austria y Leonor de Neoburgo y las presiones sobre el Rey para que otorgara testamento y sucesor, aumentaron de forma notable, especialmente por parte de su esposa. Carlos, ya terriblemente enfermo, debía sentirse absolutamente perdido. Entonces llegó al Gobierno para sustituir a Oropesa, el Cardenal Portocarrero, Arzobispo de Toledo y firme valedor de los intereses franceses; Portocarrero advirtió a Carlos que nombrar sucesor era un serio asunto de conciencia y el Rey, profundamente religioso, se decidió por un candidato: otorgó sus últimas voluntades en Octubre de 1700 y señaló por heredero a Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV y de Mª Teresa de Austria, después esperó el fin. El 1 de Noviembre, cuando le faltaban cinco días para cumplir treinta y nueve años, Carlos II podía por fin descansar; la historia iba a seguir su curso teñida de sangre por la Guerra de Sucesión, pero el último de los monarcas de la Casa de Austria en España, se había librado por fin de todos susdemonios: una Casa demasiado ambiciosa, una política matrimonial absurda, una Corte mezquina e ignorante, una nación atrasada…; una familia, unos consejeros, unos cortesanos que no tuvieron el más mínimo empacho en sacrificar a sus intereses a un hombre inocente. Si, Carlos II debió pasar a la historia, indudablemente, como el Predestinado.

BIBLIOGRAFÍA

PARA EL TEXTO

Baviera, Adalberto de/ Maura y Gamazo, Gabriel

Documentos inéditos referentes a las postrimerías de la Casa de Austria (1688-1699) Ed. Madrid, 1927-1931

Cueto Alas, Juan

“El demonio traidor y centralista de Cangas de Tineo”. Los heterodoxos asturianos. Ed. Ayalga; Salinas, 1977

 

García-Argüelles, Ramón

“Vida y figura de Carlos II el Hechizado. Estudio histórico-médico”. Cuadernos de la Historia de la Medicina española. Nº IV (separata); Salamanca, 1965

Maura y Gamazo, Gabriel

Supersticiones de los siglos XVI y XVII y hechizos de Carlos II. Ed. Calleja; Madrid (s.f.)

Vida y reinado de Carlos II . Madrid, 1954

Moragas, Jerónimo de

De Carlos V Emperador a Carlos II el Hechizado. Historia humana de una dinastía. Editorial Juventud; Barcelona, 1970

Nada, John

Carlos II el Hechizado. Ed. Luis de Caralt; Barcelona, 1968

 

Varios

La Aventura de la Historia. “Carlos II, el triste ocaso de los Austrias”. Nº 24, Octubre 2000

PARA LAS ILUSTRACIONES

 

Varios

La Aventura de la Historia. “Carlos II, el triste ocaso de los Austrias”. Nº 24, Octubre 2000

 

Juan Carreño Miranda y la pintura madrileña. Ed. Museo de Bellas Artes de Asturias; Oviedo, 1985

 

Geografía e Historia de España. Ed. Vicens-Vives; Barcelona, 1983

 

Relación de ilustraciones:

-Carlos II por Claudio Coello—— (Se adjunta un autógrafo del Rey)

-Felipe IV por Velázquez

-Mariana de Austria por Juan Martínez Mazo

-Mª Luisa de Orleáns por Carreño Miranda

-Mariana de Neoburgo por Lucas Jordán

-Don Juan José de Austria por “anónimo madrileño”

-Fernando Valenzuela por Carreño Miranda

-Carlos I por Tiziano

[1] Maura y Gamazo, Gabriel. Vida y reinado…

[2] Dinastía de los Habsburgo que reinó en el Sacro Imperio Germánico entre 1418 y 1806, en España entre 1514 y 1700 y en Austria-Hungría entre 1867 y 1918.

[3] Joseph M. Salrach, en su artículo “Matrimonio de interés”, La Aventura de la Historia, nº 30, señala que cuando Isabel de Castilla, planifica su matrimonio con Fernando de Aragón, su primo, y escribe a su hermano Enrique IV que se oponía a la boda, la futura reina aduce como motivos para tal enlace, los intereses familiares, en los que pesaban la unidad de nuestra antigua progenie y el testamento de su tío abuelo, Fernando de Antequera, que aconsejó se promovieran siempre los enlaces matrimoniales entre las dos ramas de los Trástamara.

[4] Este mal asunto de la consanguinidad, tuvo una derivación rocambolesca con el bastardo don Juan José, hijo de Felipe IV y una cómica llamada María Calderón, “la Calderona”. D. Juan José parece que albergó la idea de casarse con su medio hermana Margarita, como modo de ascender al trono al morir Carlos.

[5] Estaba previsto que Mariana, hija del Emperador Fernando III y de María de Austria, hermana de Felipe IV, se casara con Baltasar Carlos, su primo y heredero de la Corona española. Baltasar y Mariana se llevaban entre sí sólo dos años y a pesar del parentesco hubiera sido un matrimonio igualado; pero la muerte del joven príncipe, trastocó los planes y Mariana con quince años, acabó convertida por razones de Estado en la mujer de su tío Felipe, un cuarentón aquejado por numerosos achaques fruto de sus excesos y de una genética terrible.

[6] Felipe IV sufría de cólicos hepáticos y nefríticos, problemas reumáticos y enfermedades intersexuales.

[7] Margarita nació en 1651; en 1655 nació otra niña –epiléptica- que vivió sólo quince días; en 1656 vino al mundo otra niña que murió al nacer; en 1657 nació Felipe Próspero; en 1658 nació otro niño –Fernando- que viviría sólo seis meses. El último vástago de los Reyes, Carlos, nacería sólo cinco días después de la muerte de su hermano Felipe Próspero. Así pues, de los seis hijos de los Reyes, sólo dos llegarían a la edad adulta y el heredero en lamentables condiciones físicas y psíquicas.

[8] Con la familia de Carlos II, podría jugarse a ese rompecabezas en el que uno acaba siendo su propio abuelo. En el caso de Carlos, Felipe III y Margarita de Austria, son a la vez sus abuelos y bisabuelos; como su padre estaba casado con una sobrina, resulta ser tío segundo suyo; Mariana, su madre, es a la vez su prima… La cosa podría haber sido peor: Margarita, hermana de Carlos, se había casado con Leopoldo I, tío materno, y se proyectaba casar a una hipotética hija de este matrimonio, con Carlos. Y ya se habló antes de los planes de Juan, José el hermanastro de Carlos y Margarita. Asistimos pues a cruces parentales que sólo un loco especialista en genética, admitiría.

[9] Al final sería Felipe de Borbón, duque de Anjou, nieto de Luis XIV de Francia, quien ocuparía el trono español. Luis XIV era nieto de Felipe III y por matrimonio con Mª Teresa de Austria, yerno de Felipe IV. Los Borbones, emparentados con los Austria, tampoco destacarían por su inteligencia a la hora de planificar sus matrimonios.

[10] El príncipe parece extremadamente débil. Tiene en las dos mejillas una erupción de carácter herpético . La cabeza está completamente cubierta de costras. Desde hace dos o tres semanas se le ha formado debajo del oído derecho una especie de canal o desagüe que supura. No pudimos ver esto pero nos hemos enterado por otro conducto. El gorrito, hábilmente dispuesto a tal fin, no dejaba ver esta parte del rostro.

[11] Poco antes había fallecido su padre y Mariana tuvo que afrontar una difícil Regencia con ayuda de una Junta de Gobierno donde estaban representados todos los poderes de la Nación: Iglesia, aristocracia, Ejército y los Consejos que formaban la administración civil.

[12] García-Argüelles, Ramón ( o. c. )

[13] El prognatismo de los Austrias provenía de ambas ramas. En Carlos I era bien visible, lo que llevó a un atrevido campesino a gritarle al Rey recién llegado a España, “Majestad, cerrad la boca, las moscas de este país son muy insolentes”.

[14] En 1679, se casa con Mª Luisa de Orleans, sobrina de Luis XIV, que diez años después muere de las lesiones producidas por una caída de caballo. Un año más tarde contrae matrimonio con Maria Ana de Neoburgo, hija del Duque de Baviera-Neoburgo.

[15] Su madre permaneció en la sombra, gobernando con el apoyo de sus fieles. Ya lo había hecho de forma directa durante la Regencia, primero con el consejo de su confesor alemán, el Padre Nithard y luego con Fernando Valenzuela, un caballerizo que había conseguido subir con rapidez la escalera del poder; proclamado Carlos como rey, se apoyó en Valenzuela, el que con gran disgusto de la Corte, es nombrado Primer ministro y Grande de España.

[16] Disgustados por los manejos de Mariana, un sector de la Corte, apostó por el hermano bastardo del rey, Don Juan José de Austria. Nada tenía que ver –era más que ambicioso, mezquino- con aquél Don Juan de Austria que fiel y leal, tanta gloria había reportado a su hermano Felipe II. Sin duda sus primeras y buenas intenciones se ahogaron en el temor a perder el poder y en la situación caótica del Estado.

[17] Mariana de Neoburgo, su segunda esposa, escribía el 21 de Mayo de 1693, en estos términos: …el rey no se quiere retratar ahora porque su reciente enfermedad le ha hecho enflaquecer… Tenía que ofrecer pues, un aspecto espantoso , si lo comparamos con los retratos de Carreño Miranda, hechos en “momentos más adecuados” .

[18] El 2 de Julio de 1699, escribía: …es gran pena que un hombre, joven aún, parezca un anciano de setenta años, sin vigor ni alegría ninguna, pálido y caquéctico, sin que ello pueda achacarse a exceso de ninguna clase… Y quince días después añadía:…es un verdadero crimen purgar y sangrar a un cuerpo tan débil e hidrópico y negarle los elementos necesarios para robustecerle…

[19] García-Argüelles, Ramón (o.c.) En este sentido, al analizar el tema de los órganos viriles, el autor deduce que Carlos II, podría padecer un “eunucoidismo” caracterizado por un órgano viril infantil, testículos atrofiados, escasez de barba o ausencia de ella y cierto afeminamiento, todo ello presente en el Rey y que naturalmente fue la causa de su incapacidad para procrear.

[20] El autor olvida indudablemente toda la riqueza del folclor asturiano, en donde personajes como el nuberu, el trasgu, el diañu burlón, el cuelebre, las xanas…, o creencias como el mal de güeyu, los conxuros y les sanadores, están profundamente vinculados con el agro, con la casa y con la mentalidad colectiva

[21] Lancier, enviado francés escribía el 26 de Abril de 1696, en éstos términos: …se ha enviado a Madrid a un aldeano manchego de los que llaman aquí santiguadores, que promete curarla como ya lo ha hecho con otros muchos enfermos. Ha comenzado en el día de la fecha el tratamiento que consiste en echar unas cuantas bendiciones con un crucifijo repitiendo: yo te santiguo, Dios te sane. Hará esto dos veces al día durante nueve… La enferma era la reina madre que padecía un cáncer de mama; por pudor lo había ocultado a los médicos y cuando muy enferma ya, lo descubrió, el mal era irreversible.

[22] Baunganter, embajador alemán al Duque de Baviera, desde Madrid el 24 de Mayo de 1696: …al sacar el cadáver de la reina madre de la casa mortuoria, una paloma estuvo revoloteando sobre el féretro un buen rato. Una monja que ha servido en el cuarto de la reina difunta, al tener noticia de su muerte, pidió un recuerdo de ella y le dieron una de las camisas de noche de S. M. Esta monja que está paralítica desde que está en el convento, metió la camisa en su cama y al día siguiente apareció completamente curada…

[23] Parid, bella flor de lis/ que en aflicción tan extraña/ si parís , parís a España,/ si no parís, a París

[24] (4-3-1694) De una dama de la Corte: …Dios lo haga bueno (el embarazo) para bien de la Monarquía, pero en verdad sería muy difícil el oficio si los trece años que lleva el rey en el taller no hubieran bastado para que saliese de aprendiz y ascendiese a maestro..

(16-10-1694) De Wiser, enviado alemán, al Duque de Baviera: …el Rey juzga una ofensa que se dude de su capacidad para tener sucesión y si alguno intenta decirle la verdad, le ataja afirmando que reputará de traidor al vasallo que le suponga incapaz de tener descendencia…

 

[25] (20-6-1697) Del Doctor Geleen al Duque de Baviera: …quiera Dios bendecir a la Reina proporcionándole sucesión propia que excuse nombrar heredero extraño… La falta de heredero directo traerá fatalmente luchas y calamidades…

 

[26] El prognatismo que padecía Carlos, le dificultaba la masticación, lo que conllevaba una mala digestión y los problemas gástricos derivados. A ello no ayudaba desde luego la dieta imperante en la Corte, que pasaba por exceso de carne y grasa, en forma de asados y con muchas salsas, poco pescado , escasa presencia de frutas y verduras y abundancia de dulces.

[27] Juan Guillermo, Elector del Palatinado, estaba seguro de que las desgracias de su primo Carlos, provenían del demonio; no había que olvidar se decía el Elector que varios parientes de Maria Ana habían tenido que ser exorcizados y que el diablo tenía inquina a la Casa de Austria, piedra angular de la Iglesia Católica

[28] Antonio Maura Gamazo, señala que papeles con detalle de todo el asunto, se guardaban en Asturias por D. Antonio Argüelles, descendiente del clérigo, pero desgraciadamente no llegó a verlos porque se destruyeron en 1936

[29] Reluz se había dirigido a Rocaberti en los siguientes términos: el rey no padece hechizos sino flaquezas de cuerpo y espíritu y una excesiva sumisión a la voluntad de la reina, y no valen exorcismos sino saludables consejos y medicinas.

[30] La tal calle no existía, así que el diablo rectificó oportunamente, señalando la de Cuchilleros. Se ve que Lucifer no conocía Madrid demasiado bien.

[31] Sin duda, Fray Antonio, un oscuro clérigo olvidado en un remoto rincón muy lejos de la Corte, sopesaba sus posibilidades de verse en primer plano y asumía los primeros delirios de grandeza.

[32] Juan Cueto Alas en su obra Los heterodoxos asturianos, señala con notable sentido del humor a propósito de tales despropósitos: …bebiase el rey esta pócima con una devoción ejemplar, y lo que es bien admirable, a pesar de todas las diligencias, aún no se había muerto.

[33] El doctor Geleen al Duque de Baviera el 5-12-1698: … un fraile jerónimo tenía tal fama de santidad que se le permitió exorcizar a la Reina para hacerla fecunda. Pero cierto día hallándose recitando oraciones junto al lecho donde yacía acostada S. M., fingió tener un éxtasis y comenzó a gesticular y a saltar de modo que la Reina huyó de la cama y del cuarto dando gritos como si hubiese visto al mismísimo Lucifer. Este escándalo ha sido causa de que le despida de Palacio (al monje) por hipócrita o por tonto, aunque nadie se atreve a hablar mal de los exorcismos por miedo a la Inquisición.

[34] Maura y Gamazo cuenta: …la reina bramaba de coraje por que se diese lugar a que el Demonio la quisiese incluir a ella y que se prestase aserto a que pudiera ser cierto; y así no discurría en otra cosa que en vengarse de don Froilán.

[35] La integraban los Condes de Castrillo y Peñaranda, por los Consejos de Castilla y del Estado; el Marqués de Aytona, por la nobleza; Don Cristóbal Crespí de Valldaura por el Consejo de Aragón; y por la Iglesia, el Arzobispo de Toledo y el Inquisidor General.

[36] Mariana de Neoburgo vivió hasta 1740. Su inclinación por el partido austriaco, le valió el destierro en Bayona, hasta que en 1738, fue autorizada a regresar a España.

[37] Del estado al que habían llegado las cosas, es buen ejemplo el pasquín que apareció clavado en las puertas del Real Alcázar, con estos versos: Para la reina hay descalzas/ y para el rey hay tutor/ si no se muda de gobierno/ desterrando al confesor. El término “descalzas” aludía al Monasterio de Descalzas reales, donde ingresaban por voluntad o sin ella, mujeres de la más alta nobleza.

[38] Las coplas populares eran bien significativas: Rey inocente/ Reina traidora/ pueblo cobarde/ Grandes sin honra.

[39] Era hijo de Maximiliano de Baviera y de la archiduquesa Mª Antonia, nieta de Felipe IV.